miércoles 18 de noviembre de 2009

9 meses

Ya pasaron 9 meses. Ya va quedando en el pasado. Aunque no quería, de nuevo uso el blog para aligerar la carga.

Una muy larga entrada con algo que escribí hace 9 meses:

Caída Libre


No es un sueño, es real. Voy sentado en el piso de un helicóptero de la fuerza aérea. La vibración tortura mi tobillo roto y no siento los dedos de mis pies, están congelados. El ruido del motor ahoga cualquier intento de conversación con una tripulación que no veo, ellos por su parte, equipados con visores nocturnos, me observan a través de la oscuridad. Tengo el pie izquierdo inmovilizado provisionalmente con vendas y yeso, lo alcanzo a ver un poco, torcido casi 60 grados a la derecha. Son las 11 de la noche y vamos llegando a Bogotá. Pienso que hace casi 24 horas estabamos por comenzar la escalada del Ritacuba Negro.

Caer libre y sin control es el mayor miedo de los escaladores. Es mi mayor miedo. Todo el equipo de seguridad está diseñado para evitar esa posibilidad, toda la técnica busca evitar errores que conduzcan a ello. Y sin embargo los escaladores caen. Anualmente mueren cientos (si no miles) en las diferentes zonas montañosas del mundo. Caen porque el equipo falla, porque la roca o el hielo se rompe, por errores y a veces por pura mala suerte. Poco importa si caen en una gran montaña o en una ruta de escalada de roca de 20 metros. Después de cierta altura es poco lo que se puede hacer para evitar un resultado fatal. Según dice The free fall research page, donde se recopilan datos de caídas, la probabilidad de morir al caer libremente es prácticamente la misma si se cae 5000 metros que si se cae 50.

Yo caí 70 metros. Igual que caer desde un piso 20.



Amanecer desde la pared de hielo del Ritacuba Negro


La escalada

Era el comienzo de febrero. La temporada alta ya había acabado y después de casi dos meses de guiar clientes a las cumbres fáciles, al fin podía escalar lo que quería, en mis términos, a mi ritmo, siguiendo únicamente los dictados del deseo y la voluntad. Mi compañero de escalada era mi amigo y colega Julio Granados. Un montañista boyacense muy fuerte, gran conocedor de la sierra e inmejorable compañía. Es el hermano de Lenin Granados, montañista Colombiano que desapareció en una avalancha en el monte Manaslu del Himalaya.


Campamento en "Playitas"

Yo sé que el alpinismo es un deporte peligroso y que la muerte es uno más de los posibles resultados. Si uno quiere jugar el juego, hay que aceptar sus reglas. Inútil decir, además, que la vida también es así. Ya lo dijo Bolaño. Ya lo dijo Caballero. Porque se pierde siempre (porque siempre vendrá la muerte, iremos a la muerte) es necesario haber jugado. Sin esperanza. Sin cautela. Con el ojo y con la mano.

Pero una cosa es la racionalización literaria y otra la muerte del hermano. Claro.

Nuestro proyecto era escalar el Ritacuba Negro y el Ritacuba Norte. El Negro tiene la reputación de ser el pico más difícil de la sierra y el Norte es tan poco escalado que ni siquiera teníamos referencias. Sólo sabíamos lo que se veía de él desde el glaciar. Y se veía difícil, y muy bonito. El plan era escalarlos en la misma jornada, sin parar, en estilo alpino, sin hacer un campamento intermedio, sin equipo de vivac. Tal vez nos tomaría más de un día.

A pesar de ser verano, el clima no era bueno, llovía y nevaba sin parar. Pasamos un par de días en la carpa esperando que se detuviera la lluvia. Agotando las historias que nos podíamos contar, planeando una y otra vez nuestra escalada. Cuando apareció el sol, salimos a abrir la huella hasta la base de la pared de hielo y nieve. Lo hicimos de día de pues el glaciar tiene muchas grietas, algunas ocultas y otras de tan gran tamaño que es imposible atravesarlas. Hay que caminar con cuidado, buscando no solo llegar a la pared, sino hacerlo de un modo eficiente, minimizando los rodeos y los pasos técnicos.


Abriendo la huella

Al siguiente día, a las tres de la mañana caminábamos nuevamente por el glaciar. Hacía tanto frío que el agua que llevábamos se congeló en pocos minutos, imposible beber hasta que saliera el sol. Íbamos rápido para mantenernos calientes, no hablábamos, sólo seguíamos nuestra huella iluminada por las linternas. Sin contratiempos llegamos a la base de la pared. Fue buena idea abrir la huella el día anterior.

La pared era básicamente hielo y nieve, secciones largas con inclinaciones superiores a 70 grados, algunos pasos de 80. Yo iba abriendo la ruta en la punta muy animado, en mi ritmo. Escalando el hielo, respirando, oyendo el silencio, sintiéndome minúsculo en ese mar blanco y vertical. Una escalada tremenda. A eso es a lo que vamos a las montañas. Sin embargo, las condiciones de la pared eran muy malas, como es la regla general en el hielo del Cocuy. Muy pocos seguros quedaban sólidos pues la mayor parte del hielo estaba podrido y la nieve se desmoronaba como un terrón de azúcar. Yo sabía que era una escalada seria y precaria y así, en cada paso, la concentración se confundía con el miedo.

Avanzábamos lento pero constante. Encima de nosotros, cada vez más cerca, veíamos un inmenso hongo de nieve y hielo. Sabíamos que por ahí no era posible pasar, así que nuestra escalada tendía cada vez más a la izquierda, con la esperanza de encontrar un paso. Al subir, la inclinación era cada vez mayor y la nieve peor. El hongo estaba diez metros encima de nosotros, gigante, desplomado, muy amenazador.


Llegando al hongo

Como ya había salido el sol, el hielo cada vez más blando hacía que los seguros fueran menos confiables minuto a minuto así que los últimos diez metros de escalada fueron terribles. No fue posible poner un solo seguro y la nieve polvo no ofrecía ninguna tracción. Los piolets rasguñaban inútilmente las capas blancas que se descascaraban con cada golpe. Muy lentamente, con gran esfuerzo, me fui abriendo paso hacia arriba. No podía descansar mucho pues la nieve cedía rápidamente a mi peso, imposible continuar. Por acá no se puede, finalmente le dije a Julio, bajemos un poco a rappel y buscamos como llegar al paso.

La Caída


Punto exacto de la pared desde donde caí

Julio baja de primero y llega sin problemas al final de las cuerdas de 60 metros. Se suelta y grita que la cuerda esta libre. Es mi turno de bajar.

Reviso que todo esté en orden, hago un chequeo mental. La estaca firme, no soltar el mosquetón, poner la cuerda en la placa. ¿Cuál es la cuerda que hay que halar? La anaranjada. ¿Ya bajó Julio? ¿Se soltó de la cuerda? Bueno, darle peso a la estaca. ¿Estará sólida? Sí, Julio ya bajó de ella, no olvidar los piolets, colgarlos de algo, darme cuerda, bajar a rappel a reunirme con él. He bajado solo un metro cuando algo suena, algo raro, inesperado, como un cristal que se rompe.

Caigo. Intento agarrarme del hielo, hundir las manos en la nieve, las rodillas, lo que sea. Alcanzo a pensar que se salió la estaca y que tengo 150 metros de caída hasta el glaciar. Voy dando vueltas sin control, acelero, golpeo un saliente y me precipito hacia el vacío; ahora voy en caída libre.

Contrario a lo que dicen, todo sucede muy rápido, no veo mi vida en cámara lenta, no se detiene el tiempo, sólo alcanzo a pensar que voy a morir. De forma instintiva pongo las manos sobre el casco e intento envolverme en una especie de posición fetal. Lo siguiente es el silencio. El blanco que me ciega. Mi cabeza en blanco.

Lentamente mis ojos se habitúan al resplandor. Abajo, en el glaciar, veo cientos de grietas de todos los tamaños, lagunas, un cañón, montañas. Mi cerebro funciona muy lento, no sé cómo me llamo, no sé donde estoy, no sé qué pasó. Veo una sombra que se acerca, ¿qué es?, un ser humano, no sé quién, no importa. Tal vez puede responder una pregunta. ¿Dónde estamos? - Estamos escalando el Ritacuba Negro. No entiendo, ¿El Ritacuba Negro? Habría sido lo mismo que dijera Tombuctú, Ulán Bator, Sri Lanka. Me da un poco de rabia – de qué habla, pienso - era una pregunta seria. Intento con otra. ¿Qué pasó? - Tuvo un accidente Nicolás, se salió la estaca del rappel. Veo la estaca al lado mío, aún tiene el mosquetón que íbamos a abandonar, aún están allí las dos cuerdas, el nudo que las une, la cuerda anaranjada.

En ese instante, tan rápido como se fue, vuelve a mí toda la información. Igual que al apagar y prender un computador, que parecía bloqueado para siempre, este vuelve a funcionar como si nada.

Claro – le digo a Julio – la estaca. Él no responde, está intentando recuperar mi equipo disperso. Tal vez sí dice algo, pero ya no lo oigo, ahora me concentro en el dolor. Este, de una intensidad desconocida, me llega por oleadas desde el tobillo izquierdo, palpita con el ritmo de mi circulación.


El Ritacuba Negro


Julio – digo con certeza y angustia – me rompí el pie, mire cómo quedó. Ambos sabemos lo que eso significa. Estamos en un gran problema, a 5100 metros sobre el nivel del mar, en la mitad de una pared de la que nadie nos va a bajar, con un pie roto y en una montaña de condiciones muy peligrosas. En los primeros instantes hay gran confusión y nervios, Julio a la vez encuentra y pierde una inyección desinflamatoria. Al buscarla rompe con los crampones el camelbak que contiene nuestros dos únicos litros de agua. Yo, conteniendo lagrimas de dolor y miedo, solo atino a decir que tenemos que calmarnos.

Gatear

Tras unos minutos el dolor empieza a ceder. Vuelvo a mirarme el pie izquierdo. Esta totalmente torcido y apunta directamente a mi pie derecho, parece mentira que no haya sangre. Me reviso de nuevo pero no hay. Julio entablilla mi pie con cinta gris y con la estaca que se salió. No me quito la bota, no me la podría poner de nuevo y sé que la voy a necesitar. Grito de dolor. Me pongo las gafas rotas, Julio las repara con más cinta gris. Me da unos analgésicos y eso concluye los primeros auxilios, en el botiquín no hay nada más. Intentamos llamar por teléfono, sólo tenemos el mío y se rompió con la caída. Contra todo pronóstico, logramos hacer una única llamada a mi esposa. Trato de sonar muy tranquilo, le digo que me caí, que tiene que llamar al Cocuy para que nos manden unos caballos al campamento y pagar la EPS, estoy dos meses atrasado. Ella se oye muy angustiada, pero ahora no puedo preocuparme por eso, tenemos que salir de la pared.

Mientras Julio prepara un único morral con la carga de los dos, pensamos qué hacer. Es claro que nos toca bajar de la pared por nuestra cuenta, nadie va a llegar hasta acá. Julio propone bajarme directamente al glaciar usando las dos cuerdas amarradas, lo que nos permitiría descender 120 metros. Sin embargo no sabemos qué hay abajo y desde donde estamos solo se alcanzan a ver seracs inmensos y se dibuja vagamente una grieta muy grande. No es el momento de cometer errores. Tal vez yo puedo escalar – pienso en voz alta – hacer el traverso para buscar nuestras huellas y luego desescalar lo que queda de pared. El no dice nada, me imagino que piensa cómo diablos voy a hacer para escalar con el pie roto.

No hay nada más para decir, antes que nada debo saber si puedo escalar o no.



Lentamente me paro, hundo los piolets en el hielo, me afirmo en mi pie derecho y mantengo la pierna izquierda doblada, poniendo la rodilla contra el hielo. Con mucho cuidado para no apoyar el pie. Pongo todo el peso en los piolets, en mis brazos, y muevo mi pie derecho unos centímetros a la derecha mientras arrastro la rodilla izquierda. Descanso. Muevo los piolets a la derecha y repito. Estoy haciendo el traverso. Desesperadamente lento, pero lo estoy haciendo, estoy avanzando, un centímetro, cinco, diez, un metro, diez metros. Me volteo y veo a Julio que me asegura, ya está un poco más calmado pero no hablamos, sabemos que ninguno de los dos se puede caer ahora. Voy poniendo tornillos pero el hielo cada vez es más blando y si me caigo no nos van a sostener. Trato de no pensar en eso. Me detengo, tallo un escalón en el hielo para sentarme y asegurar a Julio. Cuando lo veo venir me doy cuenta de que estamos escalando algo que no es fácil, ni siquiera con ambos pies.



Tras dos horas de traverso veo una repisa encima de mí, parece ser una de las que usamos en el ascenso. Julio sube rápidamente. Lo dejo de ver. Después de unos segundos aparece y dice: aquí está la huella. Con gran alivio subo a la repisa y me acuesto en la nieve a descansar. Ahora estoy seguro de que vamos a bajar de la pared.

La alegría de haber alcanzado la huella no dura mucho. Mientras recupero el aliento pienso que aun falta bajar lo que queda de pared, desandar todo el glaciar, la morrena, saltar grietas, desescalar y escalar, llegar al campamento, bajar del páramo. No hemos hecho sino empezar.

Desde hace media hora hemos visto una persona que se aproxima caminando en el glaciar. No sabemos si viene a ayudarnos o si es alguien que se ha desviado de la ruta al Ritacuba Blanco siguiendo nuestras huellas. Viene rápido, saltando grietas, casi corriendo. Desde la repisa lo vemos empezar la escalada de la pared para venir hacia nosotros, grita algo, no entendemos bien, yo le digo que me rompí el pie. Ya sabemos que viene a ayudarnos. Nos vamos a salvar.

La llegada de Armando (que casualmente se encontraba ascendiendo el vecino Ritacuba Blanco) nos da ánimo. Sigo desescalando pero ahora todo es más fácil. Mientras Julio me asegura, Armando va debajo de mí y talla escalones en el hielo para que yo pueda poner la rodilla, para que tenga un lugar firme donde poner el pie bueno. Ahora si avanzamos. Llegamos al glaciar. Julio se acerca y sin decir nada me abraza. Yo también lo abrazo en silencio. Ambos sabemos que estuvo muy cerca y no sabemos por qué, pero nos salvamos. El me vio caer 70 metros a mi muerte, cuando se acercó esperaba encontrar un cuerpo inerte. Y sin embargo ahí estábamos, prácticamente ilesos, con la certeza de que ya vendrían más personas a ayudar, habiendo dejado el terreno más difícil a nuestra espalda. Volviendo a la vida.

Las preguntas

Lo que sigue es un recuerdo borroso, dominado por el hambre el cansancio y el shock. Fueron varias horas de arrastrarme, gatear, descansar, deslizarme en la nieve, asustarme con las grietas, finalmente saltarlas en un solo pie, arrastrarme más, desescalar al fondo de una grieta, escalar al otro lado, gatear, arrastrarme, seguir. Julio me cargó a ratos usando la cuerda para llevarme a la espalda. Cada cincuenta metros tenía que sentarse a recuperar el aliento. Demostrando su reconocida fortaleza, descansaba sólo un minuto y otra vez me cargaba. Tras cruzar la última grieta importante, finalmente vimos un grupo que se acercaba con una camilla.

La mayoría de los rescatistas eran amigos de Güicán y del Cocuy. Yo ya no participaba en la toma de decisiones, dependía y confiaba totalmente en ellos. Me amarraron a la camilla y me sacaron del glaciar usándola como trineo, controlándola con cuerdas. El vaivén terminó por adormilarme. El ruido que hacía la camilla al deslizarse no me dejaba oír nada más, el frío empezaba a apoderarse de mí pues llevaba muchas horas arrastrándome sobre la nieve. Los pies hacia rato los había dejado de sentir.



Han pasado tres semanas. El accidente, el descenso del páramo a caballo, la ambulancia a Güicán y el helicóptero a Bogotá no son mas que un recuerdo. Distante, difuso, casi ajeno. Como si lo hubiera leído en una revista o en un libro de escalada. Las cosas que les pasan a los otros. Pero sí pasó, casi me mato.

Timbran a la puerta, ha de ser un amigo de visita. Recoger las muletas, pararse, avanzar con cuidado, sin apoyar el pie. Bajar las escaleras en muletas es difícil, da vértigo. Acomodarse en el sofá, por enésima vez volver a contar la historia. Sí en serio, fueron 70 metros, lo sabemos por la cuerda. Sí sólo el pie. Claro, la saqué barata. Exacto, un milagro (si creen en Dios), una suerte increíble (si son más bien ateos). Llega la hora de las preguntas ¿Va a volver a escalar? ¿Cómo interpreta que se haya salvado? ¿No le parece que es un... (Mensaje, lección, camino de Damasco o similar según el interlocutor)?

Yo siempre respondo algo, a todos. Sin polemizar con nadie ¿Para qué? Mejor digo lo que quieren oír y así se van contentos. Muy satisfechos de que vuelva/no vuelva a escalar, de que sea un cristiano renacido/ateo incurable, de haber oído de un milagro/ un suceso en la cola de una distribución normal de probabilidad. Según la visita, digo que ahora me siento como Saúl, listo para ser San Pablo, o si más bien todo esto confirma que bailamos al son de la música del azar, sin destino, a la deriva en un mar de casualidades.

Por ahora estoy recluido en la casa y tengo mucho tiempo para pensar seriamente en todo eso. Ya llegará el momento de dar (me) respuestas. Las que sean, no importa. Las que me permitan seguir, las que me dejen sentir de nuevo que soy el capitán de mi vida, como dijo Rebuffat. La montaña, como la vida, es de estrellas y borrascas.

Por ahora sueño con el movimiento. Ir a Suesca y volver a aprender a escalar en todas las rutas clásicas, empezando por la más fácil. Volver al Cocuy. Montar en monociclo, hacer malabares, caminar la cuerda floja (mis otras aficiones). Por ahora sólo puedo dejar que pase el tiempo. Leer, ver películas. Vi una muy buena: Man on Wire. Philipe Petite camina a través del espacio que hay (había) entre las torres gemelas. Sólo la cuerda entre él y el vacío. Lo vemos ahí y no podemos dejar de mirarlo, nos recuerda que somos humanos. Tras 45 minutos en la cuerda, finalmente la policía lo captura. Todo el mundo le pregunta ¿Por qué? ¿Por qué?

¿Por qué caminar la cuerda floja? ¿Por qué escalar? (El absurdo de arriesgar la vida en un acto sin valor aparente, tan fútil y todo eso) “Porque esta ahí”, dice la respuesta famosa. Es una buena o pésima respuesta, depende. De lo que no se puede hablar es mejor callar (Seguro Wittgenstein no pensaba en el funambulismo o la escalada, pero qué importa).

Ante la proximidad de la muerte, ante la caída, todo intento de respuesta es imposible. Hay personas que nos quieren, ¿Cómo justificar el riesgo? ¿Cómo explicar a qué es a lo que vamos allá?

Sin embargo, la montaña no son sólo tormentas, caídas y muerte. La montaña también es de estrellas, de vida. Ahi tenido momentos de triunfo, de amistad, de contemplación, de aprendizaje y de comprensión. Sueños realizados y por realizar, vislumbramientos de unidad y de multiplicidad. Instantes de gran belleza.




(Sin) Respuesta

Todo esto me lo recuerda Petite, cuando a la dichosa pregunta responde: “Cuando veo tres naranjas hago malabarismos, cuando veo dos torres, ¡Camino!... ¿Por qué? La belleza de esto es que no tiene porqué”. Aquello que no puede ser dicho hay que callarlo.

Pero ya me repito, así que paro.


Amanece sobre el Ritacuba Blanco y Negro

viernes 17 de abril de 2009

Behind a windbreak wind is breaking through

El prólogo de mi edición bilingüe de Norte de Seamus Heaney, por lo demás breve y bueno, dice que la obra del poeta es de "una enorme complejidad y dificultad tanto para el traductor como para el lector, dado lo remoto de su mundo. Nos daríamos por satisfechos si esta traducción sirviera para hacérnosla más accesible y próxima". Naturalmente, el prologo lo escribe la traductora. En algunos poemas puede decirse que tal labor de aproximación se logra, pero en general la traducción me parece deficiente. En algunos poemas se cambia el sentido de versos enteros y en otros simplemente se traduce mal. Cómo si no hubiera diccionarios a la mano. 

He traducido dos de los poemas que mas me gustan de Heaney, y que son ejemplos de poemas que en la versión en español de mi libro, por la mala traducción, se hacen complejos.  Y no lo son. El primero pinta vividamente una imagen (a mi me transporta al Cocuy) y encierra a la vez ideas precisas sobre la condición humana. El segundo tiene que ver con "La cuestion de Irlanda" (del Ulster, por supuesto)  y tiene más partes. Sólo traduje la primera. Cómo no leerlo sin pensar en este país de gente civilizada, de gente "de bien", donde la “voz de la cordura” se va quedando cada vez más afónica?





Los recolectores

Parecen estar cientos de años lejos. Brueghel,
Los conocerás si los puedo hacer reales.
Se arrodillan bajo el seto en semicírculo,
Tras un rompe vientos rompe el viento.
Ellos son los recolectores. El adorno y los pliegues
De brotes de hojas sobre papas de siembra
Bajo esa paja enterradas. Con tiempo para matar
Se estan tomando su tiempo. Cada cuchillo afilado
perezosamente corta la raiz que cae en dos partes. 
En la palma de la mano: un brillo lechoso,
Y, en el centro, una oscura marca de agua.
Oh costumbres de almanaque! Bajo la ramada
Que amarillea sobre ellas, compón el friso, 
con nosotros dentro, nuestras anonimidades.  


The seed cutters

They seem hundreds of years away. Breughel,
You'll know them if I can get them true.
They kneel under the hedge in a half-circle
Behind a windbreak wind is breaking through.
They are the seed cutters. The tuck and frill
Of leaf-sprout is on the seed potatoes
Buried under that straw. With time to kill
They are taking their time. Each sharp knife goes
Lazily halving each root that falls apart
In the palm of the hand: a milky gleam,
And, at the centre, a dark watermark. 
O calendar customs! Under the broom
Yellowing over them, compose the frieze
With all of us there, our anonymities 


Digas lo que digas no digas nada

I

Escribo justo después de un encuentro
Con un periodista inglés en busca de “opiniones
Sobre la cuestión de Irlanda”. Estoy de nuevo en los cuarteles
De invierno donde las malas noticias ya no son noticia,

Donde los hombres de los medios y los técnicos husmean y apuntan,
Donde teleobjetivos, grabadoras y plomos enrollados
Atestan los hoteles. Los tiempos andan dislocados
Pero me inclino por igual a las cuentas del rosario

Como a los apuntes y análisis
De políticos y periodistas
Que garrapatearon la larga campaña del gas
Y protestan de la gelignita y de la sten

Que probaron en sus pulsos “escalada”,
“Coletazo” y “represión”, “ala provisional”, 
“Polarización” y “odio inmemorial”.
Y sin embargo yo vivo aquí, yo vivo aquí también, yo canto,

Expertamente en lengua civilizada con vecinos civilizados
Sobre los altos cables de los primeros reportes inalámbricos 
Chupando el falso gusto, los sabores lapidarios
De aquellas aprobadas, viejas, elaboradas respuestas:

“Oh, es una vergüenza, claro, estoy de acuerdo”
“Dónde va a términar” “Cada vez se pone peor”
“Son unos asesinos.” “Confinamiento, es comprensible...”
 Se queda afónica la “voz de la cordura”. 
 

Whatever you say say nothing

I'm writing just after an encounter
With an English journalist in search of 'views 
On the Irish thing'. I'm back in winter
Quarters where bad news is no longer news,

Where media-men and stringers sniff and point,
Where zoom lenses, recorders and coiled leads
Litter the hotels. The times are out of joint
But I incline as much to rosary beads

As to the jottings and analyses 
Of politicians and newspapermen
Who've scribbled down the long campaign from gas
and protest to gelignite and sten 

Who proved upon their pulses 'escalate'
'Backlash' and 'crack down', 'the provisional wing',
'Polarization' and 'long-standing hate'.
Yet I live here, I live here too, I sing,

Expertly civil tongued with civil neighbours
On the high wires of first wireless reports,
Sucking the fake taste, the stony flavours
Of those sanctioned, old, elaborate retorts:

'Oh it's disgraceful, surely, I agree,'
'Where's it going to end?' 'It's getting worse'
'They're murderers.' 'Internment, understandably...'
The 'voice of sanity' is getting hoarse. 


Pesimism

Before the first reelection this is what jozefpronek wrote. Concisely, it expresses the main objection to reelection. One that I find so important and clear, that somehow makes me wonder about the 80%...

To know that this was written before the first reelection, and the prescience of the coming one, fills me with deep despair.   

I cannot fathom yet what will be the actual consequences of reelection in this country. Reelection per se needn't be good or bad - various countries or cities have had reelected officials, for several periods, with good consequences (think Teddy Kollek as the mayor of Jerusalem, or the improvements for Bogotá brought by the alternation Mockus-Peñalosa-Mockus between 1995 and 2003). But forced reelection, twisting arms in the name of messianic ideas, that's quite different. I fear for this country now more than ever, after this unprecedented event took place. None of those "experiments" has ever had a good ending. Uribe is now in the same list with Fujimori and Chávez: people who claimed they could save their countries from big evil, and ended up surrounded by adulation and fake results. Fujimori crashed, in the end - Chávez and Uribe will most probably follow suit.

What a low-level (tragic, mostly) circus of a country!

martes 17 de marzo de 2009

Persepolis by Marjane Satrapi


A beautiful story. The memories of Marjane growing up in Iran during the Islamic revolution. I expected it would be a critical documentary about the turbulent Iranian history of the 80's and 90's, due to some reviews I had read. Far from it. It cannot be compared with Spiegelman's Maus and Joe Sacco's works, which in fact serve the purpose of documenting specific historical times and places. The holocaust in Spiegelman's case and the war in Bosnia (or the occupation of Palestine) in Sacco's.


Satrapi neither aims to denounce the police state that Iran became under the rule of the mullahs, nor to simply condemn the discrimination suffered by women living in Islamic regimes. The mullahs (and all that they represent) get scorned, no doubt, but this is incidental. Although her personal story and her country's are strongly weaved, the strength of the novel is its honest commitment to tell a very human story. The story of a childhood. Of adolescence. Of a family.


I read (or saw, I don't remember) an interview with Satrapi, where she mentions how some people have labeled Persepolis as an anti-Iranian movie/book. Inasmuch as it is humanistic, she says, it is quite the opposite. We all can relate to her story, we all grew up, had to deal with our inner ghosts, made peace with them (or not), and we all are, more or less, haunted by our past. Past places, friends, dreams, ideas and, also, past deaths. This is the human condition. Thus, in this sense, the book indeed stands against the, media-built, collective imagination that regards Iran as the enemy (member of the axis of evil and all that...), as the other. Satrapi's story seems so familiar, we are so intimately connected to her tale, that suddenly it stops being us and them and it is just us.



A book worth reading, if for nothing else, for the unbearable melancholy. 

viernes 13 de marzo de 2009

miércoles 11 de marzo de 2009

Lost




Lost

To quote my distant friend Imran MacLeod,
'A man with no culture has no identity.'

The last I heard of him was, he was off
To the Himalayas.

He had a very confused childhood.

Father was Scottish,
Mother Pakistani.

They'd always be arguing over many things
Concerning him.

One was religion.

Father wanted him brought up
A Catholic, mother wanted a Muslim.

Was the only boy on our street who went
To mosque on Fridays and chapel on Sundays.

But in the mountains

God's sure to find him.

Hamid Shami

The Pyramid by Ismail Kadare



I just finished The pyramid by albanian novelist Ismail Kadare. Very impressed. It tells the story of the pyramid erected by Pharaoh Cheops following with the tradition of his predecessors at the throne of Egypt. His pyramid, however, wasn't at all like theirs. His had to be the highest and the biggest. And it is. Anyone can corroborate that with a trip to Egypt; you just have to stop the camel ride and take the time to compare sizes. Don't forget to shoot a picture, of course. It is a huge building indeed, and Kadare's novel is the story of its metaphorical and physical construction. Which is the same as saying: the story of the oppression of egyptians. Even more, the story of oppression and totalitarianism itself.

The novel begins with the court's magicians and architects suggesting to Cheops that he has to build a pyramid. He has to. To oppress people is the only way to keep his authority over them. This oppression takes the form of the tale of an insane state project.  It takes the lives of thousands and sucks endless resources, responding to the paranoia of an almighty pharaoh and the burocracy of a demential state. The ending is  Cheops´ death and an allusion to the skull pyramids built by Timur the Lame (Tamerlane). One remarkable observation: Timur's and Cheops's are one and the same pyramid. The bunkers in Albania are tiny little pyramids which serve the same end as Cheops's. In Afghanistan. In Colombia. And on and on.

The Pyramid has some similarities with  The palace of dreams (also by Kadare), albeit at first glance they are completely different books. In fact they share a lot: the dreamy atmosphere, the kafkian fate of its characters (Mark Alem and the Quprilis in The palace of dreams, the people of egypt in The pyramid) and above all, the exposition of the terrible effects of investing a sovereign with endless power and authority.  A variation of this theme is also found in Broken April, also by Kadare, where institutionalized revenge plays the part of the sovereign.  

One last thing. The same as we judge buildings in concentration camps, we must judge pyramids for what they are. And churches (I don't even want to start with the inquisition). And so on.

The end of the book reminds me of Cortazar's story "El apocalipsis de solentiname". 

"One morning a fair-haired tourist who was taking photographs of the pyramid made a wish: that the monument should become quite transparent, so that everything inside - the sarcophagi, the mummies, the indecipherable puzzle - would be visible, as through a wall of glass. Day was breaking, the pyramid began to go hazy, and the tourist could feel a shiver in his soul with each passing minute, as if he were a spiritualist seance and about to take a snapshot of a ghost.

He developed his roll of film the same evening, and the pyramid really did look like a glass house, except that on one edge, near the ninth row on the northeast slope you could see some kind of blemish. He took the film out of the developer, put it back in... to a depth of a thousand, of four thousand years... but when he finally took it out, the blemish was still there. It was not, as he had first thought, a fault in the film. It was a bloodstain that neither water nor acid would ever wash clean"

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