Era el comienzo de febrero. La temporada alta ya había acabado y después de casi dos meses de guiar clientes a las cumbres fáciles, al fin podía escalar lo que quería, en mis términos, a mi ritmo, siguiendo únicamente los dictados del deseo y la voluntad. Mi compañero de escalada era mi amigo y colega Julio Granados. Un montañista boyacense muy fuerte, gran conocedor de la sierra e inmejorable compañía. Es el hermano de Lenin Granados, montañista Colombiano que desapareció en una avalancha en el monte Manaslu del Himalaya.
Yo sé que el alpinismo es un deporte peligroso y que la muerte es uno más de los posibles resultados. Si uno quiere jugar el juego, hay que aceptar sus reglas. Inútil decir, además, que la vida también es así. Ya lo dijo Bolaño. Ya lo dijo Caballero. Porque se pierde siempre (porque siempre vendrá la muerte, iremos a la muerte) es necesario haber jugado. Sin esperanza. Sin cautela. Con el ojo y con la mano.
Pero una cosa es la racionalización literaria y otra la muerte del hermano. Claro.
Nuestro proyecto era escalar el Ritacuba Negro y el Ritacuba Norte. El Negro tiene la reputación de ser el pico más difícil de la sierra y el Norte es tan poco escalado que ni siquiera teníamos referencias. Sólo sabíamos lo que se veía de él desde el glaciar. Y se veía difícil, y muy bonito. El plan era escalarlos en la misma jornada, sin parar, en estilo alpino, sin hacer un campamento intermedio, sin equipo de vivac. Tal vez nos tomaría más de un día.
A pesar de ser verano, el clima no era bueno, llovía y nevaba sin parar. Pasamos un par de días en la carpa esperando que se detuviera la lluvia. Agotando las historias que nos podíamos contar, planeando una y otra vez nuestra escalada. Cuando apareció el sol, salimos a abrir la huella hasta la base de la pared de hielo y nieve. Lo hicimos de día de pues el glaciar tiene muchas grietas, algunas ocultas y otras de tan gran tamaño que es imposible atravesarlas. Hay que caminar con cuidado, buscando no solo llegar a la pared, sino hacerlo de un modo eficiente, minimizando los rodeos y los pasos técnicos.
Al siguiente día, a las tres de la mañana caminábamos nuevamente por el glaciar. Hacía tanto frío que el agua que llevábamos se congeló en pocos minutos, imposible beber hasta que saliera el sol. Íbamos rápido para mantenernos calientes, no hablábamos, sólo seguíamos nuestra huella iluminada por las linternas. Sin contratiempos llegamos a la base de la pared. Fue buena idea abrir la huella el día anterior.
La pared era básicamente hielo y nieve, secciones largas con inclinaciones superiores a 70 grados, algunos pasos de 80. Yo iba abriendo la ruta en la punta muy animado, en mi ritmo. Escalando el hielo, respirando, oyendo el silencio, sintiéndome minúsculo en ese mar blanco y vertical. Una escalada tremenda. A eso es a lo que vamos a las montañas. Sin embargo, las condiciones de la pared eran muy malas, como es la regla general en el hielo del Cocuy. Muy pocos seguros quedaban sólidos pues la mayor parte del hielo estaba podrido y la nieve se desmoronaba como un terrón de azúcar. Yo sabía que era una escalada seria y precaria y así, en cada paso, la concentración se confundía con el miedo.
Avanzábamos lento pero constante. Encima de nosotros, cada vez más cerca, veíamos un inmenso hongo de nieve y hielo. Sabíamos que por ahí no era posible pasar, así que nuestra escalada tendía cada vez más a la izquierda, con la esperanza de encontrar un paso. Al subir, la inclinación era cada vez mayor y la nieve peor. El hongo estaba diez metros encima de nosotros, gigante, desplomado, muy amenazador.
Como ya había salido el sol, el hielo cada vez más blando hacía que los seguros fueran menos confiables minuto a minuto así que los últimos diez metros de escalada fueron terribles. No fue posible poner un solo seguro y la nieve polvo no ofrecía ninguna tracción. Los piolets rasguñaban inútilmente las capas blancas que se descascaraban con cada golpe. Muy lentamente, con gran esfuerzo, me fui abriendo paso hacia arriba. No podía descansar mucho pues la nieve cedía rápidamente a mi peso, imposible continuar. Por acá no se puede, finalmente le dije a Julio, bajemos un poco a rappel y buscamos como llegar al paso.
La Caída
Punto exacto de la pared desde donde caí
Julio baja de primero y llega sin problemas al final de las cuerdas de 60 metros. Se suelta y grita que la cuerda esta libre. Es mi turno de bajar.
Reviso que todo esté en orden, hago un chequeo mental. La estaca firme, no soltar el mosquetón, poner la cuerda en la placa. ¿Cuál es la cuerda que hay que halar? La anaranjada. ¿Ya bajó Julio? ¿Se soltó de la cuerda? Bueno, darle peso a la estaca. ¿Estará sólida? Sí, Julio ya bajó de ella, no olvidar los piolets, colgarlos de algo, darme cuerda, bajar a rappel a reunirme con él. He bajado solo un metro cuando algo suena, algo raro, inesperado, como un cristal que se rompe.
Caigo. Intento agarrarme del hielo, hundir las manos en la nieve, las rodillas, lo que sea. Alcanzo a pensar que se salió la estaca y que tengo 150 metros de caída hasta el glaciar. Voy dando vueltas sin control, acelero, golpeo un saliente y me precipito hacia el vacío; ahora voy en caída libre.
Contrario a lo que dicen, todo sucede muy rápido, no veo mi vida en cámara lenta, no se detiene el tiempo, sólo alcanzo a pensar que voy a morir. De forma instintiva pongo las manos sobre el casco e intento envolverme en una especie de posición fetal. Lo siguiente es el silencio. El blanco que me ciega. Mi cabeza en blanco.
Lentamente mis ojos se habitúan al resplandor. Abajo, en el glaciar, veo cientos de grietas de todos los tamaños, lagunas, un cañón, montañas. Mi cerebro funciona muy lento, no sé cómo me llamo, no sé donde estoy, no sé qué pasó. Veo una sombra que se acerca, ¿qué es?, un ser humano, no sé quién, no importa. Tal vez puede responder una pregunta. ¿Dónde estamos? - Estamos escalando el Ritacuba Negro. No entiendo, ¿El Ritacuba Negro? Habría sido lo mismo que dijera Tombuctú, Ulán Bator, Sri Lanka. Me da un poco de rabia – de qué habla, pienso - era una pregunta seria. Intento con otra. ¿Qué pasó? - Tuvo un accidente Nicolás, se salió la estaca del rappel. Veo la estaca al lado mío, aún tiene el mosquetón que íbamos a abandonar, aún están allí las dos cuerdas, el nudo que las une, la cuerda anaranjada.
En ese instante, tan rápido como se fue, vuelve a mí toda la información. Igual que al apagar y prender un computador, que parecía bloqueado para siempre, este vuelve a funcionar como si nada.
Claro – le digo a Julio – la estaca. Él no responde, está intentando recuperar mi equipo disperso. Tal vez sí dice algo, pero ya no lo oigo, ahora me concentro en el dolor. Este, de una intensidad desconocida, me llega por oleadas desde el tobillo izquierdo, palpita con el ritmo de mi circulación.
El Ritacuba Negro
Julio – digo con certeza y angustia – me rompí el pie, mire cómo quedó. Ambos sabemos lo que eso significa. Estamos en un gran problema, a 5100 metros sobre el nivel del mar, en la mitad de una pared de la que nadie nos va a bajar, con un pie roto y en una montaña de condiciones muy peligrosas. En los primeros instantes hay gran confusión y nervios, Julio a la vez encuentra y pierde una inyección desinflamatoria. Al buscarla rompe con los crampones el camelbak que contiene nuestros dos únicos litros de agua. Yo, conteniendo lagrimas de dolor y miedo, solo atino a decir que tenemos que calmarnos.
Gatear
Tras unos minutos el dolor empieza a ceder. Vuelvo a mirarme el pie izquierdo. Esta totalmente torcido y apunta directamente a mi pie derecho, parece mentira que no haya sangre. Me reviso de nuevo pero no hay. Julio entablilla mi pie con cinta gris y con la estaca que se salió. No me quito la bota, no me la podría poner de nuevo y sé que la voy a necesitar. Grito de dolor. Me pongo las gafas rotas, Julio las repara con más cinta gris. Me da unos analgésicos y eso concluye los primeros auxilios, en el botiquín no hay nada más. Intentamos llamar por teléfono, sólo tenemos el mío y se rompió con la caída. Contra todo pronóstico, logramos hacer una única llamada a mi esposa. Trato de sonar muy tranquilo, le digo que me caí, que tiene que llamar al Cocuy para que nos manden unos caballos al campamento y pagar la EPS, estoy dos meses atrasado. Ella se oye muy angustiada, pero ahora no puedo preocuparme por eso, tenemos que salir de la pared.
Mientras Julio prepara un único morral con la carga de los dos, pensamos qué hacer. Es claro que nos toca bajar de la pared por nuestra cuenta, nadie va a llegar hasta acá. Julio propone bajarme directamente al glaciar usando las dos cuerdas amarradas, lo que nos permitiría descender 120 metros. Sin embargo no sabemos qué hay abajo y desde donde estamos solo se alcanzan a ver seracs inmensos y se dibuja vagamente una grieta muy grande. No es el momento de cometer errores. Tal vez yo puedo escalar – pienso en voz alta – hacer el traverso para buscar nuestras huellas y luego desescalar lo que queda de pared. El no dice nada, me imagino que piensa cómo diablos voy a hacer para escalar con el pie roto.
No hay nada más para decir, antes que nada debo saber si puedo escalar o no.

Lentamente me paro, hundo los piolets en el hielo, me afirmo en mi pie derecho y mantengo la pierna izquierda doblada, poniendo la rodilla contra el hielo. Con mucho cuidado para no apoyar el pie. Pongo todo el peso en los piolets, en mis brazos, y muevo mi pie derecho unos centímetros a la derecha mientras arrastro la rodilla izquierda. Descanso. Muevo los piolets a la derecha y repito. Estoy haciendo el traverso. Desesperadamente lento, pero lo estoy haciendo, estoy avanzando, un centímetro, cinco, diez, un metro, diez metros. Me volteo y veo a Julio que me asegura, ya está un poco más calmado pero no hablamos, sabemos que ninguno de los dos se puede caer ahora. Voy poniendo tornillos pero el hielo cada vez es más blando y si me caigo no nos van a sostener. Trato de no pensar en eso. Me detengo, tallo un escalón en el hielo para sentarme y asegurar a Julio. Cuando lo veo venir me doy cuenta de que estamos escalando algo que no es fácil, ni siquiera con ambos pies.

Tras dos horas de traverso veo una repisa encima de mí, parece ser una de las que usamos en el ascenso. Julio sube rápidamente. Lo dejo de ver. Después de unos segundos aparece y dice: aquí está la huella. Con gran alivio subo a la repisa y me acuesto en la nieve a descansar. Ahora estoy seguro de que vamos a bajar de la pared.
La alegría de haber alcanzado la huella no dura mucho. Mientras recupero el aliento pienso que aun falta bajar lo que queda de pared, desandar todo el glaciar, la morrena, saltar grietas, desescalar y escalar, llegar al campamento, bajar del páramo. No hemos hecho sino empezar.
Desde hace media hora hemos visto una persona que se aproxima caminando en el glaciar. No sabemos si viene a ayudarnos o si es alguien que se ha desviado de la ruta al Ritacuba Blanco siguiendo nuestras huellas. Viene rápido, saltando grietas, casi corriendo. Desde la repisa lo vemos empezar la escalada de la pared para venir hacia nosotros, grita algo, no entendemos bien, yo le digo que me rompí el pie. Ya sabemos que viene a ayudarnos. Nos vamos a salvar.
La llegada de Armando (que casualmente se encontraba ascendiendo el vecino Ritacuba Blanco) nos da ánimo. Sigo desescalando pero ahora todo es más fácil. Mientras Julio me asegura, Armando va debajo de mí y talla escalones en el hielo para que yo pueda poner la rodilla, para que tenga un lugar firme donde poner el pie bueno. Ahora si avanzamos. Llegamos al glaciar. Julio se acerca y sin decir nada me abraza. Yo también lo abrazo en silencio. Ambos sabemos que estuvo muy cerca y no sabemos por qué, pero nos salvamos. El me vio caer 70 metros a mi muerte, cuando se acercó esperaba encontrar un cuerpo inerte. Y sin embargo ahí estábamos, prácticamente ilesos, con la certeza de que ya vendrían más personas a ayudar, habiendo dejado el terreno más difícil a nuestra espalda. Volviendo a la vida.
Las preguntas
Lo que sigue es un recuerdo borroso, dominado por el hambre el cansancio y el shock. Fueron varias horas de arrastrarme, gatear, descansar, deslizarme en la nieve, asustarme con las grietas, finalmente saltarlas en un solo pie, arrastrarme más, desescalar al fondo de una grieta, escalar al otro lado, gatear, arrastrarme, seguir. Julio me cargó a ratos usando la cuerda para llevarme a la espalda. Cada cincuenta metros tenía que sentarse a recuperar el aliento. Demostrando su reconocida fortaleza, descansaba sólo un minuto y otra vez me cargaba. Tras cruzar la última grieta importante, finalmente vimos un grupo que se acercaba con una camilla.
La mayoría de los rescatistas eran amigos de Güicán y del Cocuy. Yo ya no participaba en la toma de decisiones, dependía y confiaba totalmente en ellos. Me amarraron a la camilla y me sacaron del glaciar usándola como trineo, controlándola con cuerdas. El vaivén terminó por adormilarme. El ruido que hacía la camilla al deslizarse no me dejaba oír nada más, el frío empezaba a apoderarse de mí pues llevaba muchas horas arrastrándome sobre la nieve. Los pies hacia rato los había dejado de sentir.
Han pasado tres semanas. El accidente, el descenso del páramo a caballo, la ambulancia a Güicán y el helicóptero a Bogotá no son mas que un recuerdo. Distante, difuso, casi ajeno. Como si lo hubiera leído en una revista o en un libro de escalada. Las cosas que les pasan a los otros. Pero sí pasó, casi me mato.
Timbran a la puerta, ha de ser un amigo de visita. Recoger las muletas, pararse, avanzar con cuidado, sin apoyar el pie. Bajar las escaleras en muletas es difícil, da vértigo. Acomodarse en el sofá, por enésima vez volver a contar la historia. Sí en serio, fueron 70 metros, lo sabemos por la cuerda. Sí sólo el pie. Claro, la saqué barata. Exacto, un milagro (si creen en Dios), una suerte increíble (si son más bien ateos). Llega la hora de las preguntas ¿Va a volver a escalar? ¿Cómo interpreta que se haya salvado? ¿No le parece que es un... (Mensaje, lección, camino de Damasco o similar según el interlocutor)?
Yo siempre respondo algo, a todos. Sin polemizar con nadie ¿Para qué? Mejor digo lo que quieren oír y así se van contentos. Muy satisfechos de que vuelva/no vuelva a escalar, de que sea un cristiano renacido/ateo incurable, de haber oído de un milagro/ un suceso en la cola de una distribución normal de probabilidad. Según la visita, digo que ahora me siento como Saúl, listo para ser San Pablo, o si más bien todo esto confirma que bailamos al son de la música del azar, sin destino, a la deriva en un mar de casualidades.
Por ahora estoy recluido en la casa y tengo mucho tiempo para pensar seriamente en todo eso. Ya llegará el momento de dar (me) respuestas. Las que sean, no importa. Las que me permitan seguir, las que me dejen sentir de nuevo que soy el capitán de mi vida, como dijo Rebuffat. La montaña, como la vida, es de estrellas y borrascas.
Por ahora sueño con el movimiento. Ir a Suesca y volver a aprender a escalar en todas las rutas clásicas, empezando por la más fácil. Volver al Cocuy. Montar en monociclo, hacer malabares, caminar la cuerda floja (mis otras aficiones). Por ahora sólo puedo dejar que pase el tiempo. Leer, ver películas. Vi una muy buena: Man on Wire. Philipe Petite camina a través del espacio que hay (había) entre las torres gemelas. Sólo la cuerda entre él y el vacío. Lo vemos ahí y no podemos dejar de mirarlo, nos recuerda que somos humanos. Tras 45 minutos en la cuerda, finalmente la policía lo captura. Todo el mundo le pregunta ¿Por qué? ¿Por qué?
¿Por qué caminar la cuerda floja? ¿Por qué escalar? (El absurdo de arriesgar la vida en un acto sin valor aparente, tan fútil y todo eso) “Porque esta ahí”, dice la respuesta famosa. Es una buena o pésima respuesta, depende. De lo que no se puede hablar es mejor callar (Seguro Wittgenstein no pensaba en el funambulismo o la escalada, pero qué importa).
Ante la proximidad de la muerte, ante la caída, todo intento de respuesta es imposible. Hay personas que nos quieren, ¿Cómo justificar el riesgo? ¿Cómo explicar a qué es a lo que vamos allá?
Sin embargo, la montaña no son sólo tormentas, caídas y muerte. La montaña también es de estrellas, de vida. Ahi tenido momentos de triunfo, de amistad, de contemplación, de aprendizaje y de comprensión. Sueños realizados y por realizar, vislumbramientos de unidad y de multiplicidad. Instantes de gran belleza.
(Sin) Respuesta
Todo esto me lo recuerda Petite, cuando a la dichosa pregunta responde: “Cuando veo tres naranjas hago malabarismos, cuando veo dos torres, ¡Camino!... ¿Por qué? La belleza de esto es que no tiene porqué”. Aquello que no puede ser dicho hay que callarlo.
Pero ya me repito, así que paro.

Amanece sobre el Ritacuba Blanco y Negro